La chica del anden

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Jorge Gómez Soto Goodreads Author. Young Adult , Children's. Learn more. To ask Jorge Gómez Soto questions, please sign up. Combine Editions. Jorge Gómez Soto Average rating: Want to Read saving…. Want to Read Currently Reading Read. Error rating book. Refresh and try again. Jorge Gómez Soto Goodreads Author ,. Ana Alcolea ,. Ana Campoy Goodreads Author. Maite Carranza. Bea Rebollo Narrator. Upcoming Events. No scheduled events. Add an event. Jorge Gómez Soto rated a book really liked it.

En las montañas de la locura by H. Apr 03, Jorge Gómez Soto rated a book liked it. Mar 25, Primera memoria by Ana María Matute. Mar 07, The Waves by Virginia Woolf. Feb 25, La buena letra by Rafael Chirbes. Feb 06, Jorge Gómez Soto rated a book it was amazing. Feb 04, Jorge Gómez Soto has read. Un trato es un trato. Él cree que estoy solo. Estuvo original. Teniendo en cuenta esto. Podría intentar hacerle ver que sucede al contrario. Hay un aspecto en que este zopenco es consecuente consigo mismo: Siempre que me ven.

Yo a Miguel le asocio con la palabra fuera. Me puso la de Dos tontos muy tontos. Es precioso. Para seguir con lo de las gotas. Es demasiado. Y de veras que lo han conseguido. Yo levanté la vista del libro. Yo me quedé mirando alternativamente a la pantalla y a él y le dije: Yo ya debía haber visto Casablanca unas quince veces. Discutimos un rato. Encima el tío se burla de que me guste leer y escribir. Miguel se reía escandalosamente a cada segundo.

Me acompaña hasta cuando no viene conmigo. Un día hicimos un pacto. Menos mal. Miguel cumple todos los requisitos del perfecto idiota. Es algo muy simple pero que nos define muy bien en todo. En ese momento no encontré una frase ingeniosa para dejarle humillado. Es un muñeco de esos que le aprietas en la tripa y te suelta una parrafada sin saber lo que dice. Miguelín, el muñeco parlanchín.

Miguel Los días de instituto nos levantamos a las ocho menos cuarto. Por tanto, desde que nos despertamos hasta que nos vamos al instituto estamos solos. Con el tiempo, hemos ido diseñando un plan de acción para cruzarnos lo menos posible. Mientras me ducho y me visto, él desayuna y hace la cama, y viceversa.

Normalmente nuestros despertadores suenan a la vez, pero hoy sólo suena el mío. Antes de incorporarme, escucho ruidos por la casa. Me asomo a su cuarto. Yo alucino. Ya tiene la cama hecha. Ha puesto la alarma veinte minutos antes y por eso no ha sonado a las ocho menos cuarto.

Extrañado por este cambio, voy a la cocina y me pongo a desayunar. Eduardo sale ya vestido y viene a la cocina. Se calienta la leche y se sienta en la mesa conmigo. Aquí pasa algo raro, muuuuy raro. Cada uno mira su vaso. Es un silencio tenso. El primer día, encima, nos sentaron juntos, por el apellido.

Era la releche. No bastaba con que estuviésemos viviendo en la misma casa, con que fuésemos al mismo instituto, a la misma clase, no, encima teníamos que compartir pupitre. Trazamos una línea divisoria del tablero. El lado izquierdo era suyo y el derecho mío. Así de claro. El segundo día de clase, comprobé con satisfacción que su bolígrafo había traspasado la línea. Al tercer día, fui a hablar con la tutora y le pedí, casi le supliqué, que me cambiase de sitio.

La tutora accedió, ya le había. Eduardo no me dijo nada, pero sé que no le hizo ni pizca de gracia, no que nos separasen, por favor, él también lo deseaba, sino que hubiese sido yo y no él quien lo solicitase. En el subsuelo no hay atascos. A cualquier otra hora del día da igual, pero veinte minutos a estas horas de la mañana son la frontera entre la vida y la muerte.

Lo que no sabe es que un fracasado nunca puede acabar venciendo. Si total, lo de ir juntos en el metro era casi un decir. Salíamos mudos de casa. Eduardo abría la mochila, sacaba un libro y el mundo se acababa para él. Yo, si fuese carterista, buscaría tíos como mi hermano. Un día de estos le dejan en pelotas y ni se entera, mientras que no le toquen el libro, claro. Normalmente en la boca del metro estaban mis colegas y allí me quedaba con ellos, unas veces para ir a clase y otras a los futbolos o al parquecillo.

Eduardo seguía su camino hasta el instituto y, cuando yo llegaba, él siempre estaba en clase, sentado en su silla, a su bola. Tengo que reconocer que cuando se siente a gusto consigo mismo, algo que por suerte no pasa muy a menudo, no hay quien le mire. Te puede hundir, el mamón. Así que dejo el vaso en el fregadero, y me encierro en el cuarto de baño. Todavía tengo tiempo para una buena ducha. Al otro lado de la puerta, y amortiguado por el sonido del agua, escucho la cremallera de la mochila de Eduardo, a continuación unos pasos que se alejan y finalmente el portazo definitivo.

Salgo del baño. Es curioso, pero me siento totalmente liberado. No tengo que estar en constante tensión tratando de evitarle. Puedo moverme libremente por la casa. Esos sí que se lo tienen que montar bien. Conozco a alguno y se queja de que al estar él solo le caen todas las broncas a él.

Fue a principios de año, justo el primer día que falté a clase para ir a echar unos futbolos con los colegas. Eduardo llegó a casa con una sonrisa muy poco prometedora. No dijo nada en toda la larde, hasta que nos sentamos a cenar. Lo preguntaba todos los días, pero a mí me pareció el primero, como si justo hoy sospechase algo. Yo apreté los dientes. No había duda, la había cagado. Mis padres al principio no reaccionaron. Pero al cabo de unos segundos, mi madre dio un respingo. Pocas veces he sentido tanto odio hacia él.

Mis padres me castigaron sin paga y sin salir, y mira que a mis padres les cuesta castigarnos. Me seguía juntando con los colegas en la boca del metro, pero los días en que decidían ir a echar un rey del futbolín, yo tenía que ir a clase. Todos estaban sorprendidos por la imbecilidad de mi hermano. Hicimos mil planes: No sabía qué hacer, todo estaba fatal. Si esto seguía así, me pasaría el resto del curso sometido a mi hermano, como un esclavo, y lo peor de todo es que no veía una forma de que cambiasen las cosas. Cuando ya daba todo por perdido, sucedió el milagro.

Cuando llegó, traía el puño libre apretado en señal de victoria y me miraba a mí. De camino, había visto a mi hermano. Estaba sentado en un banco. En la otra un cigarrillo. Ja, mi hermano fumando. No me lo podía creer, era demasiado bonito para ser verdad. Saldría ganando. Aquel día, mientras volvíamos a casa, le dije: Todavía no sé lo que quiere decir exactamente la frase que le solté a Eduardo, pero no cabe duda de que conseguí el efecto que deseaba. Mi hermano se calló. Y de momento ha permanecido callado, y yo he faltado todas las veces que he querido.

Eduardo Suena mi despertador. Hoy me toca a mí. El despertador sigue sonando. Me levanto de la cama. Escojo la ropa que me voy a poner hoy y. Dejemos el futuro para el futuro. Ahora debe de estar alucinado. Le miro directamente. Le tengo contra las cuerdas.

Asomo mi cabeza por el marco de la puerta. Ahora tengo que pensar en mi hermano. Tanteo con el dedo hasta que encuentro el agua a mi gusto y me coloco debajo del chorro. En la vida hay que vencer como un señor. Me meto en el cuarto. Ambos nos quedamos absortos en nuestros tazones. Intenta girar su cabeza. Suena el despertador de Miguel y casi lo agradezco. Ahí te pillaré. Miguel moja una magdalena y muerde la parte empapada en leche. Cierro el grifo y me quedo parado. Tengo la impresión de que a partir de hoy vamos a ser menos gemelos. El chirrido de una silla que se arrastra.

Se detienen. Es el momento. No sabe qué decir. Preparo mi desayuno y me siento en la mesa. Cierro la puerta de casa y se me hace raro que mi hermano no salga conmigo. Me visto a toda prisa y abandono el cuarto de baño tratando de contener esa sonrisa que adorna la boca de todos los triunfadores.

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La Chica Del Anden de Enfrente - Jorge Gomez Soto

Si supiese exactamente lo que iba a hacer en el futuro. La mía. Oigo sus pisadas por el pasillo. Me quedaría así durante años: Pisa el freno. Levanto la cabeza. De nuevo los pasos. Miguel intenta abrir la puerta. Él debía de creer que al ponerse los. Entro en la cocina. Avanzo por el pasillo. Aunque cree que no lo noto. La diferencia parece pequeña. Su cabeza sólo sirve para eso.

Acabo de dar por sentado tantas cosas sobre mi futuro que ahora me da hasta miedo abandonar el chorro. Me siente allí. Miguel se levanta. Me meto en el cuarto de baño. Ya me imagino la escena: Una vez dentro. Esto es una locura. Así que cruza frente a las narices de todos y cada uno se cabrea a su manera: Se le ve cargado de gente. Qué se le va a hacer. Me temo lo peor. En todo el trayecto no tenía que preocuparme de él. Y puedo subir. Llega a nuestra altura. No sé si ocurrió exactamente de esta manera. Tengo que llegar a la puerta del instituto evitando pasar por la boca de metro.

Viene a reventar. De pronto. La gente desborda por todos los lados posibles la marquesina que hay junto a la señal que indica la parada. Doy un giro brusco para zafarme de la asfixia y no sólo no lo consigo. Es rojo. Quedan dos paradas para bajarme y estoy lejos de la puerta. Me temoooo… Efectivamente. Ya sé que tampoco es tanto. Cuando al fin lo saco. Comienza a oírse un murmullo general y a sentirse la toma de posiciones estratégicas. A continuación. Voy a tener que ser fuerte para aguantar todas las mañanas lo mismo que hoy.

Fue en el estadio Vicente Calderón. El río de automóviles avanza como si no quisiese hacerlo. Menos mal que soy joven y tengo una potencia de codos envidiable. Llega la parada y no es que baje. Como se abra alguna de ellas. Miro el reloj —ya puedo mover libremente las manos—. Mi brazo derecho ya es una serpiente ciega que tantea y tantea hasta dar con el libro. Busco a tientas el tirador de la cremallera y la abro trabajosamente.

No es tan difícil. Pasé el resto del concierto con los pies colgando. Ahora hay que buscar el libro entre la carpeta y los libros de texto. Estoy aprisionado entre un maletín y el culo de una mujer. Después de muchos bostezos —algunos se encadenan con el siguiente—. Qué gusto da verlos ahí enfrente. Vamos a ver: No es lógico que alguien. Mire donde mire sólo veo minifaldas. O no me responde. Cuando salgo del vagón ya casi no puedo contenerme. Estamos en primavera y la ropa empieza a ser escasa. Todo lo hace bailando. Me dirijo hacia la puerta. A estas horas.

Le resbala el resto del mundo. Naciste viejo. Salgo por una de las bocas de metro de Moncloa. Si el metro hervía. El tío Bert sigue con la mirada a un grupo de chicas y niega con la cabeza. Cuando salgo de juerga. Ésta es mi noche. Mi hermano debe de seguir enfrente. En el portal me cruzo con Rogelio. Mientras yo me afeito. Me salen unas frases que ya quisiera mi hermano. De todas formas. Desde la entrada sólo veo una pequeña porción de salón. El Tutirreta. A su lado. Entre el grupo. Madrid es la mejor ciudad del mundo. Qué extraño. Seguro que si viviese en Nueva York o en París.

Desaparezco por la boca del metro. Junto al edificio cuadrado que hay al otro lado de la anchísima calle. Sobre todo me fijo en los grupos de chicas. Ya el metro me va metiendo en ambiente. He quedado con los colegas en Moncloa. Nuestra vida sólo tiene un sentido: A un lado del camino por el que bajamos. Volvemos al mismo sitio del principio. Y la cadena ya no tiene fin. Yo diría que el edificio en el que habíamos quedado era cuadrado antes.

Este parque tiene algo de tenebroso Que me gusta. Es como un mundo aparte. Pobre Jimmy. Es el momento de subir al mundo real. Lo bueno viene con el tiempo. Si se le cruzan los cables a uno.

Pasar al lado de estos cabrones es como jugar a la ruleta rusa. Y cuando uno suelta una burrada que parece insuperable. Que los padres de uno le han dicho que de seguir así le van a buscar un trabajo para que sepa lo dura que es la vida. Una por allí. El mundo se reduce a lo de siempre. Somos diez y sólo contamos con nuestros puños. Se vuelven unos matados de campeonato. Me parece increíble que hayan venido tantos. Se reparten los vasos. Los amigos con novia dan auténtico asco. Todo el mundo lo sabe.

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Por suerte pasan de largo y sólo nos llaman guarros un par de veces. El tema de hoy vuelve a ser el del fin de semana pasado. Resulta curioso cómo las conversaciones empiezan suaves. Mis ojos pasean nerviosos: Hoy se deben de haber quedado las respectivas estudiando. Cada vez que lo pienso me pongo malo llego hasta el grupo. Llevamos ya unos cuantos vasos y se nota porque todos empezamos a hablar a gritos. Tengo una especie de mirada selectiva que desprecia todo lo que no sean chicas.

Entre sus pies hay unas bolsas cuyo contenido. Nosotros somos un grupo valiente pero no imbécil. A veces. Puedo estar pensando en cualquier cosa. Lupas y al Tocho para ir a pedir la siguiente. Después de pedir. Las mentiras. Él sí que sabe. Nos acercamos a la barra y pedimos copas. Sé que acabo de traspasar el famoso punto de no retorno. Delante de mí hay una chica con una camiseta azul de tirantes que no me deja pensar en otra cosa.

Meneo la cabeza al son eléctrico de la canción casi por inercia. Dios mío. De camino. Es un bar de viejos. Puede que caiga alguno en el camino. Pedimos unos litros variados cerveza. Agarro el vaso con fuerza. Cada uno tiene a una entre ceja y ceja. Me gustan los sitios con vigilancia. Nos acercamos a ellas lentamente. En un abrir y cerrar de ojos aparecemos allí. Jimmy ha empezado a bailar y ya tiene tres tías revoloteando alrededor.

García vuelve de dar una vuelta con valiosos informes. Convenimos los cinco en hacer un ataque en masa a un grupo de otras tantas. Es increíble este Jimmy. Apuramos los litros y nos escopetamos al Otro Sitio. Siempre vamos al mismo al principio. Consulto con mis amigos. Entramos en el primer bar. En bloque. Antes de entrar en acción. No pueden notar que vamos medio tajados o no nos dejarían entrar. Hay demasiada luz.

La oscuridad es como un caldo espeso. Yo he elegido. Parece como si se los hubiésemos robado. Después de salir un par de grupitos. Pero bueno. Éste es mi sitio y hoy estoy inspirado. Ella sonríe. Ella mira hacia abajo. Hacemos buena pareja. Empezamos a hablar de Francia. A medida que hablo. García ya se ha enganchado a la suya. Ella no me deja ni empezar la conversación. Creo que ha dicho Normandía. Entonces la interrumpo en medio de una frase que mi dedo juguetee con uno de sus pendientes. Abandonamos definitivamente el tema cuando le digo que lo que mas me gustaría ver de Francia es esa torre inclinada que parece que se va a caer.

Yo me planto frente a mi objetivo. Pero centrémonos en los pendientes. De momento hablar. Por cierto. Decenas de puntitos de luz bailan por sus mejillas. Soy inmortal. Me lo deletrea. Yo sonrío. Empieza a poseerme el espíritu invencible que acude a mí todos los fines de semana. Pero parece que esta noche no me voy a comer la borrachera solo.

En mitad de una interesantísima conversación acerca de los tunos que cantan en las tascas de la Plaza Mayor. Son sendas bolas. Pasamos a hablar de Madrid. La verdad es que me interesa poco su vida. El grupo de chicas observa nuestra inminente entrada en escena. Hacen un efecto alucinante. Habla lentamente y abriendo mucho la boca. Seguimos hablando. No debe de ser española. A medida que me acerco los veo mejor. Vuelve a reírse. Ésta es la gente que levanta el país el país. Yo tuerzo el cuello un poco. Yo dejo la bolita y coloco mi mano en su nuca. Levanta la vista y pone cara de no entender nada.

Esto funciona así. Y el punto final de la frase se funde con el beso. Un murmullo similar al anterior ofrece la respuesta. Rogelio me ha dejado un poco chafado. Podría decírselo a mi hermano. Yo doy un respingo. Acerco mi boca a la suya. Mi hermano no merece ni tres segundos en mis pensamientos. Él se registra los bolsillos y.

Mis padres le acaban de decir que llegue pronto. Le he visto muchas veces mal. Tampoco es plan de levantarme y asomarme descaradamente. Eduardo Mi hermano tiene un serio problema. En fin. Yo vuelvo al programa. Vive para ponerse ciego los fines de semana. No sé para qué pone tanto empeño en ir hecho un pincel. La consulta. De vez en cuando se asoma al salón para verse en el espejo grande.

De nuevo cruza por el salón. Termina el reportaje de ese libro y suena el timbre.


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Entonces me llega un murmullo imperceptible al que mi padre responde que espere un momento. Se encoge de hombros. Hoy parece que todo tiene relación entre sí. Si te pones a pensarlo bien. No se lo creen ni ellos. Mi padre sabe que. Rogelio y ella aparecen por la puerta—. Lleva varios minutos hablando un neurólogo que ha escrito un libro sobre eso tan complicado que es el cerebro.

Lo que ya comprendo. Ahora aparece mi madre. En un primer hojeo. Me acabo de pasar un poco. Hoy me la he perdido y hasta la semana que viene no la volveré a ver. Hoy ha llegado un paquete con el manual de instalación. Tiene la espalda arqueada sobre la mesa y trajina inquieto con documentos que a mí me resultarían incomprensibles. Enciendo el ordenador. Dios me libre. Intento afinar el oído. No sé. Mi padre ha apartado el teclado y tiene toda la mesa —y no es una mesita de esas enanas en las que cabe el ordenador y gracias— llena de papeles.

No hace mucho que mi madre nos anunció que el Colegio Oficial de Psicólogos regalaba la conexión gratuita a Internet. Incluso estoy escribiendo un libro de relatos cortos que se va a llamar Historias del Metro. No es que yo lea esa literatura. Podría decirse que lo que me inspira esa chica. Yo no entendía tanta indiferencia. La debieron meter para que diese un toque de color y un soplo de juventud al programa.

Ya solo en el cuarto de estar. Los libros que he leído hasta ahora no me han hablado de Rogelio. A mi hermano y a mi madre parecía no interesarles mucho. Cuando quiero darme cuenta. La verdad es que presto poca atención a mi padre. Pero a lo que iba. Fui yo mismo el que se encargó de rellenar el papel y mandarlo por correo. Normalmente no me cuesta. Ya no viene a ver la tele al sillón después de cenar. Son historias que he inventado a partir de una mirada. Aunque no me disgustaba. Yolanda Martínez. Catalogar de amor esto ha sido una osadía. Apago la televisión y me dirijo a la sala donde tenemos el ordenador.

El ventilador interno se pone en marcha con su constante zumbido y la pantalla se enciende entre un chisporroteo eléctrico. Doy vueltas y vueltas al asunto para terminar siempre en el punto de partida pero con la incomprensión elevada al cuadrado. Se ríe bastante menos. Me levanto de la silla y doy la vuelta. He oído tantas cosas de la red. Me lanzo al teclado y escribo: Se me ha olvidado enchufar el módem a la línea telefónica. De nuevo me siento frente a la pantalla.

Espero un rato. Se oye un sonido desagradable. Me aparecen trescientas y pico direcciones posibles. Como de momento no pienso complicarme la vida. Primero aparece un letrero de colorines que te da la bienvenida. De nuevo encaro el ordenador. Ya he leído cómo funcionan los buscadores. Desfilan veloces nombres y frases. Había quedado hoy con ella … Tete sale del canal … Giorgio: Mejor vamos a un privado … Rambo: Pero Croquet. Pero por una que leo. Al cabo de unos segundos cesa. Después de aceptar unas condiciones de conducta y unas instrucciones que ni siquiera he leído.

Ya estoy dentro. Parezco un patoso. De repente noto una sensación extraña. Entro en el canal de la amistad. Insultos y declaraciones de amor. Don Quijote. Por mis iniciales: Me llaman perchas por… mejor dejémoslo.


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  • De todas maneas. En ella hay sitio para sentimentales. Gente que entra y gente que sale. A mí no me dan miedo los conejos … Ultra: Iros todos a tomar po'l culo … Kiko sale del canal … Arrobado: Porque estoy rrobado … Utopía: Ésta es mi oportunidad. Después de dar mil vueltas. Yo juro que no quería. Finalmente la ventana desaparece. Esto es un caos. En una libreta tengo apuntada la dirección de un buscador que dicen que es bastante bueno. Permanezco parado. Utopía pregunta si hay alguien.

    Cuando al fin termino de configurarlo. Reconozco mi absoluta falta de originalidad justo cuando doy al enter. Ahora tengo que escribir el tema. Esto es algo muy curioso. Siento algo como muy grande dentro de mí. Nos reímos bastante —o al menos yo me río y la imagino a ella riendo— cuando le digo que he entrado al canal de amistad por. Ya voy cogiendo experiencia y me da tiempo a leer frases mientras espero la respuesta.

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    Estamos solos y ahora sólo aparece lo que nosotros decimos. No quieren cambiar impresiones con nadie. Al momento caigo en la cuenta de mi error. Hablamos de vaguedades.


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    • A mi nombre ni caso. Al poco me responde que también es su primera vez. Utopía entra en el canal. Sin embargo la magia llega cuando entras en contacto con alguien y del absoluto desorden todo pasa a tener sentido. No puedo creer que una frase en una pantalla sea capaz de ruborizarme.

      Por ahí. El Ego y la Utopía son el agua y el fuego. Ego entra en el canal. Me doy vergüenza. Puede que aparezca su mensaje justo cuando me levanto y pase sin que lo lea. Debo de estar medio loco. Es una sensación tan inquietante como placentera. Nadie se puede dar por aludido con mis palabras. Aunque sea mentira y quien se esconde bajo el nombre de Utopía sea un tipo con ganas de reírse de alguien.

      Le acompaña hasta la puerta. Buscar Jane … Utopía: De Madrid. Aquí un navegante tratando de mantener a flote una embarcación formada por ceros y unos. Se despiden con un murmullo. Ir a un privado me suena como ir a los sillones oscuros de una discoteca. Un escalofrío toma impulso en mi estómago y llega de un salto hasta la coronilla. En esto se abre la puerta de la consulta y Rogelio y mi madre atraviesan el pasillo. Mi madre. No puede ser real. Me indica lo que tengo que teclear y ambos entramos a un canal privado.

      Me estoy poniendo rojo. Encaro el espejo y me veo muy lejos. Sé que era francesa. Vamos a ver. Vamos a ver si me acuerdo de ella. Doy media vuelta y me asomo por un lateral del colchón. Juraría que ni me ha visto. Deben de ser alrededor de las once. A partir de ahí no recuerdo nada. Pero aparte de estos dos detalles imprecisos.

      La chica del andén ✿

      Y también recuerdo que tenía un nombre de medicina. Sin embargo. En el anuncio dicen que el dolor de cabeza desaparece en cinco minutos. Cuando entro en la ducha lo del barco ya es casi real. Cuando intento ponerle una cara. Es otra de sus especialidades. Lo curioso es que no es la típica sonrisa de superioridad con que habitualmente me muestra su repulsa. Es de día. En concreto. Me levanto de la cama y voy directamente al cuarto de baño.

      Me quedo mirando el techo. Doy otra media vuelta y me coloco de nuevo mirando al techo. Todo se mueve a mi alrededor. Echo el pestillo. Ya estoy tumbado en la bañera y me quedo traspuesto. Salgo del cuarto de baño con la toalla enrollada a la cintura y. Ni un chavo. No hoy. Lo extraño es que mi hermano no haya puesto la radio a todo volumen para fastidiar mi sueño. Estoy quieto. Ya directamente no existo. Me siento en la bañera.

      De todas maneras la voy a llamar. Vuelvo a mi cuarto y me recuesto en la cama. Si oigo a mi madre cantar una canción de amor en la ducha es que estoy en mi casa. En éstas entra mi madre y se sienta en la cama.